
La postal de hoy nos lleva al otoño de 1914, a orillas del río Yser, en territorio belga, a unos 30 km de la costa y otros tantos de la frontera francesa. Estamos presenciando la defensa desesperada de la última porción de territorio belga que aún no está bajo control alemán.
Por hacer un poco de memoria, un siglo antes, tras la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815, el territorio belga había pasado de manos francesas a manos holandesas.
No es momento de entrar en detalles, pero colocar un territorio católico bajo control de una potencia protestante no resultó ser buena idea y la anexión del territorio belga a los Países Bajos termina en revolución en 1830.
El ministro francés Talleyrand, embajador en Londres, propone entonces repartir el territorio belga entre Francia y el Imperio Británico, a lo cual los belgas responden con un «ni se os ocurra». Ya estaba bien de experimentos y de cambio de manos, Bélgica quería su independencia.
Las potencias europeas se reúnen entonces en Londres para buscar un compromiso. El recuerdo de Waterloo con las grandes potencias europeas enfrentadas en territorio belga estaba muy reciente. La elección para el trono de Bélgica de un príncipe alemán primo de la reina Victoria de Inglaterra pareció un compromiso aceptable. Corría el año 1831 y Leopoldo I subía al trono de este nuevo estado-tapón.
En 1839, las potencias europeas acuerdan en Londres que Bélgica sería neutral y que cualquier ataque que recibiese, tendría respuesta por parte del resto de grandes potencias.
El Imperio Alemán y su ejército se pasaron buena parte del siglo XIX urdiendo un plan militar que le permitiese aniquilar a su eterno enemigo: Francia. El llamado plan Schlieffen, que se había concretado sobre el papel en 1905, tenía tan solo un minúsculo obstáculo: había que cruzar la ahora neutral Bélgica, por las buenas o por las malas.
Y tras este «flasback», llegamos a agosto de 1914 y efectivamente, Francia y Alemania están en guerra y los alemanes solicitan a Bélgica el derecho a atravesar su territorio para poder así atacar a Francia. Bélgica deniega el permiso y los alemanes declaran la guerra a Bélgica y entran como una apisonadora en su territorio. Los belgas reclaman la ayuda de los firmantes del tratado de Londres de 1839 para hacer frente al desproporcionado ataque.
La resistencia del ejército belga en ciudades como Lieja o Amberes consigue ralentizar el avance alemán, pero en octubre ya tenemos el 95% del territorio belga ocupado por los alemanes. Es la llamada carrera hacia el mar. Los británicos, que esperaban poder permanecer neutrales, se ven prácticamente forzados a entrar en guerra tan solo 38 días después del atentado de Sarajevo.
La entrada del Imperio Británico en la Guerra supone la entrada de toda la Commonwealth. En un rincón del territorio belga, tenemos a soldados provenientes de Canadá, India, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda…
No han pasado 100 años desde Waterloo y, si entonces teníamos a toda Europa luchando en Bélgica, esta vez tenemos prácticamente a todo el mundo.
Lo que queda del ejército belga, bajo el mando del propio rey Alberto I, defiende ferozmente las últimas porciones de su territorio intentando evitar a toda costa que los alemanes crucen el río Yser. Estamos a dos pasos de la costa, en una llanura de pólderes, terrenos que están situados unos 3 metros bajo el nivel del mar. Los enfrentamientos son de una violencia terrible. Belgas, franceses y británicos intentan fijar una línea de frente y evitar el acceso de las tropas alemanas a la ciudad costera de Dunkerke, en Francia, clave para el aprovisionamiento de las tropas. Las embestidas del ejército alemán son brutales. Los belgas resisten, aunque no parece que puedan hacerlo por mucho tiempo.
Pocos kilómetros al sur se está librando casi simultáneamente la primera batalla de Ypres. Este pequeño rincón de Flandes será escenario de los más cruentos enfrentamientos durante la Primera Guerra Mundial.
A orillas del Yser la situación se vuelve realmente desesperada, y a finales de octubre de 1914 toma fuerza una vieja idea para frenar el avance alemán: abrir las compuertas que protegen los pólderes e inundar las posiciones alemanas. Las posiciones aliadas quedarían en teoría a salvo de las inundaciones gracias al dique que formaba el talud sobreelevado de la línea de tren entre Dixmude y Nieuport.
Inicialmente al rey Alberto I no pareció entusiasmarle la perspectiva de ver lo que quedaba de su reino convertido en una ciénaga de terrenos salados, pero accede y el 21 de octubre se abren por primera vez las esclusas. Los efectos de las inundaciones son al principio muy limitados. La situación de las tropas belgas se hace más insostenible si cabe a medida que pasan los días y escasean las municiones. El día 22 de octubre, en Dixmude, repelen los ataques alemanes nada menos que en quince ocasiones.
Las operaciones de apertura y cierre de las esclusas prosiguen en los días sucesivos. Hay que resistir a toda costa, la llanura del Yser va inundándose progresivamente, dando lugar a una marisma de terrenos cenagosos donde se hace imposible avanzar. El 1 de noviembre los alemanes no tienen más remedio que replegarse a posiciones más elevadas.
Las operaciones de control de las inundaciones de la llanura del Yser proseguirán durante los cuatro años que durará la guerra para mantener alejadas a las fuerzas alemanas, llevando el frente más al sur, a la ya citada Ypres.
Vaya esta entrada dedicada a la memoria de los héroes del Yser.